sábado, 6 de diciembre de 2014

YA A LA VENTA








Ya está a su disposición el primer volumen de esta editorial. La manera de adquirirlo es la siguiente:
1) En una de estas cuatro librerías: 
 VALDESKA  (Calle del mar, 27).
VIRIDIANA (Calle Artes Gráficas, 28)
LEO (Rinconada Federico García Sanchiz, 1. Frente al Palacio del Marqués de Dos Aguas)
 MALVARROSA-ESPAI PARAL.LEL (Calle Historiador Diago, 20)
PVP en librerías: 15 euros

2) Venta directa, a través de INTERNET, siguiendo estas indicaciones:
 a) Realizar una transferencia al número de cuenta de BBVA:
 ES7401829509490204320398
 En ella se anotará un dato identificativo (nombre, seudónimo...) de quien transfiere en la casilla correspondiente y el importe de:
12 € (incluye gastos de envío).
b) A continuación se enviará un correo electrónico dirigido a: settembriniediciones@outlook.es  en el que se indicará el dato identificativo anterior (nombre, seudónimo... ) del transfiriente así como la dirección postal completa de la persona física o jurídica destinataria del libro.

3) Solicitándolo en cualquier otra librería, que nos remita el pedido.
 Máximo tiempo de entrega desde la petición, seis días naturales en territorio español.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

DE INMINENTE APARICIÓN







    No he sabido explicarme por qué durante algunos meses de aquellos nueve años sufrí un defecto de dicción que consistía en tener serios problemas con las eses. Igual que a uno empiezan a salirle granos en la cara o a estirársele los huesos, a mí me dio la manía de pronunciar las eses acentuando su carácter sibilante, de manera que en ciertas posiciones los sonidos de la ese eran suplantados por un real silbido. En casa me habían dicho, como se dicen tantas cosas a los niños, que seguramente me estaba saliendo alguna muela. Ésta, que para mí era explicación suficiente por venir de quien venía, no lo fue de ningún modo para mi profesor don Cayetano. A la desgracia de haber sido reclamado aquel día a la tarima con otros compañeros, se añadió mi atrevimiento de consultarle algo a uno de la fila, quebrando de entrada el sagrado precepto del silencio. Lo cual hubiera sido considerado mal menor si entre mis palabras no se hubiera deslizado alguna ese de aquellas que me la tenían jurada. Por lo visto el silbido fue tan claro o el silencio era tan grande que pasó por silbido de verdad, de manera que a don Cayetano le dio por creer falsamente que yo le estaba haciendo burla. Me sacó enseguida de la fila. Después me señaló con uno de sus dedos y, manejando el índice con gran maestría, me fue, mediante gestos, conduciendo sin moverse hasta su asiento, como si yo fuese un títere o él estuviese practicando magnetismo. La pregunta fue directa y clara, de maestro:
 —¿Ha sido usted quién ha silbado?
 Ante la cual, procurando que mi respuesta fuese asimismo lo más exacta posible, eché mano de la ciencia y dije:
 —Es que me están saliendo las muelas.
     Lo cual no debió de parecerle al hombre que siguiera ningún patrón científico, por lo que la contestación debió de ser inmediatamente clasificada como heterodoxa y fuera de toda lógica, con bastantes probabilidades incluso de acercarse a la indisciplina personal y, por lo tanto, al mal ejemplo general. Para evitar, en consecuencia, esta última posibilidad y por no mostrar signos de flaqueza, don Cayetano se levantó y tomando carrerilla (tampoco era necesaria tanta prisa, digo yo) vino hasta mí y me estampó ad eternam el recuerdo de sus cinco dedos en la cara que corrieron a buscarme como cinco niños huérfanos:
 —Así le saldrán antes— me dijo, traicionando, por cierto, su tradicional seriedad y permitiéndose conmigo la única inexactitud que le recuerdo.
  Con esto me quedé, porque el suceso, por lo absurdo, no lo conté a nadie y hasta el día de hoy tampoco me he atrevido a contarlo.